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sábado, 16 de abril de 2016

Fernando Savater no volverá a escribir

BUENOS AIRES, 16 abril 2016 (El Clarín).- ¿Qué se hace ante las lágrimas de un hombre? Los decálogos de periodismo nada dicen sobre los momentos en los que la emoción manda y somos testigos de la verdad más profunda de alguien. “Yo doy por acabada mi vida. No creo que vuelva a escribir. Ya no me hace ilusión nada”, dice ahora Fernando Savater. Y llora. 





    Autor de una treintena de libros y excatedrático de Etica y de Filosofía y Literatura, Savater se quita los anteojos y enjuga el llanto al recordar a su mujer, Sara Torres, muerta hace un año. Conversamos en el departamento que compartieron en Madrid: tierra de libros desde el felpudo que te recibe en la entrada con la imagen de un cuervo –en alusión al famoso poema de Poe– hasta el balcón, donde también hay bibliotecas.

    El sitio está lleno de recuerdos de sus 35 años juntos (fotos, grabados, pósters de cine, máscaras, muñecos de papel maché y de resina que hacía Sara...) y es el lugar propicio para hablar sobre Aquí viven leones, que se suma a la obra de Savater, traducida a más de veinte lenguas. “En los mapas antiguos, donde había una zona inexplorada, ponían hic sunt leones o hic sunt dracones… Nos divertía llevar al título esa noción: que estábamos buscando algo en la jungla de la ciudad. Intentábamos explorar dónde estaba la guarida del león literario”, explica.

    El libro es una amorosa guía de lecturas que Sara no llegó a ver publicada y que lleva la firma de ambos. Cuando ella enfermó de cáncer (“un mal atroz”), trabajaban en este proyecto que unía dos de sus pasiones: los viajes y la literatura. La idea de redescubrir a los autores elegidos en sus lugares de creación debió limitarse entonces a los ocho escritores sobre los que ya habían investigado: Shakespeare, Valle Inclán, Poe, Leopardi, Christie, Reyes, Flaubert y Zweig. “Sara insistió mucho en que el libro fuera bello y convocó a Anapurna, la ilustradora que hizo un cómic que abre el capítulo dedicado a cada escritor”, cuenta Savater.

    De ese libro a cuatro manos habla el autor de Etica para Amador, mientras llueve intermitentemente sobre la ciudad. Y también, de lo que no se puede enseñar en Filosofía, del terrorismo de ISIS, de su amor por la Argentina y los caballos y de los desafíos de la prensa. Sara lo atraviesa todo.

    –Fama, dinero y fantasmas interiores son algunas razones que llevan a escribir. Flaubert lo hacía porque no podía vivir sin literatura. ¿Qué tipo de escritor se siente usted?

    –Uno muy diferente a Flaubert y no sólo por la calidad. Para mí lo imprescindible es leer. Me considero sobre todo un lector y si por leer pagasen, yo no me hubiera dedicado a otra cosa y sería multimillonario. La escritura es un modo de ganarme la vida. Sobre todo al principio, pues en el franquismo me echaron de la facultad, estuve en la cárcel y escribir fue un poco la forma de salvarme. Desde muy joven, empecé a escribir para la prensa. Pero no tengo ninguna necesidad de escribir. En cambio, si me quitan los libros, me matan.

    –”Aquí viven leones” se relaciona con esa pasión lectora.

    –Sí, Sara y yo hicimos un programa de televisión sobre escritores en la Argentina. Pero claro, estábamos obligados al esquema de la productora. Entonces se nos ocurrió hacer una segunda parte a nuestro gusto. Pero con la crisis, no hallamos quien lo financiara ni buscando debajo de las piedras. Como en el fondo lo que nos gustaba era hacer el viaje juntos, nos lanzamos.

    –Su selección no teme incluir a autores muy populares como Agatha Christie o Stefan Zweig...

    –No, claro que no. Y hay otro gran best-séller, que es Shakespeare, al que nadie pone hoy en entredicho. Para nosotros, como decimos allí, la literatura no es sólo caviar sino también sardinas en escabeche.

    –Con ese criterio amplio, ¿qué no le perdona a un escritor?

    –Que me aburra. Borges decía que era un lector hedónico, yo también. Por cuestiones laborales, he tenido que preparar clases y que tragarme en mi vida muchas cosas que no hubiera leído por gusto. Pero a partir de cierto momento dejé de leer por obligación. No me atrevo a decir de un libro que es malo. Simplemente digo que no es para mí.

    –¿Y qué admira en un autor? ¿Qué condición le parece envidiable?

    –Cuando voy a un restaurante agradezco que el cocinero me deje con la boca abierta, porque yo no sabría cómo hacer los platos que prepara. Con los escritores es igual. Me parece estupendo que el escritor sea desconcertantemente bueno, y muchísimo mejor de lo que seré yo nunca, porque lo que me causa placer es leerle.

    –¿Cómo se siente ante el libro que Sara firma pero que no llegó a ver?

    –Yo acabé el libro con grandes dificultades. Empecé a escribirlo con mucha ilusión, porque ella estaba allí… [Savater se emociona. Todo lo que sigue lo dirá secando sus lágrimas y eligiendo cada palabra como quien estudia dónde pone el pie ante la amenaza de un pantano]

    Yo en el fondo escribía para que ella me quisiera más. Todo lo que yo escribía se lo daba y ella lo leía, lo comentábamos, y el placer era que a ella le gustase. Fue muy difícil acabar. Pero me hubiera parecido una traición dejarlo a la mitad, aunque me considero totalmente incapaz de volver a escribir. Hago articulitos en la prensa porque hay que seguir comiendo… Aprendí que perder las ganas de vivir no quiere decir que uno tenga ganas de morir. Siempre creí que eran vasos comunicantes, que uno subía y el otro bajaba…

    –¿Y no es así?

    –He descubierto que no. No puedes tener a la vez ganas de vivir y ganas de morir, pero en cambio puedes, a la vez, no tener ganas de vivir ni ganas de morir. Y es el punto en el que estoy. Ella durante la enfermedad hablaba de que yo escribiese algo sobre nuestra relación. No sé si podré, tampoco estoy seguro de que tenga interés.

    –Quizá no es tiempo todavía.

    –No sé. Nunca he entendido muy bien los consuelos o la impaciencia que la gente siente contra las personas que están tristes. “¿Cómo? ¿Todavía estás…?” Pavese en El oficio de vivir decía que la gente trata a los tristes como trata a los borrachos: “Bueno, siéntate, a ver si se te pasa…” Yo conozco cosas que no cura el tiempo. Para mí, al contrario, empeora en muchos aspectos. Porque lo habíamos pasado tan mal, yo la había visto sufrir tanto que la muerte no era la muerte, sino el final del sufrimiento. Pero ahora la muerte es la muerte. Y entonces, para mí es ahora peor que cuando pasó. Pero eso es parte de la exploración que hace uno de sí mismo, en estos casos.

    –¿De una nueva fragilidad?

    –Sí. Además hay algunos que hemos sido muy neófitos en esto del sufrimiento. Yo nunca había hecho nada sin alegría, todo lo hacía desde la alegría. No sabía que se podía estar tanto tiempo triste.

    –¿La literatura es un consuelo?

    –Es lo único que agradezco. Veo películas antiguas y leo. Disfruto mucho releyendo, por ejemplo, unos antiguos articulitos breves de Borges para El Hogar, que siempre me gustaron mucho o viejas novelas policíacas... Al releer ves cómo hay cosas que se te quedan de libros o películas, que son muy tangenciales. O los subrayados de otras épocas: lees lo que tú eras cuando leíste ese libro por primera o por segunda vez, porque hay libros que van acumulando capas. Los Ensayos de Montaigne, que yo he leído tanto a lo largo de la vida, cada vez te revelan aspectos nuevos.

    –En sus años como profesor, ¿halló algo que no se pueda enseñar?

    –Muchas cosas. En la Filosofía es habitual que haya cosas que no se pueden transmitir porque no transmites contenidos sino formas de ver. Lo que puedes hacer por un alumno es algo así como mirar juntos un paisaje. Le dices: “Ven aquí, mira desde donde yo estoy y verás…”. Es complicado porque no hay un saber cerrado, sino una perspectiva.

    –Luchó contra el terrorismo de ETA. El mundo padece hoy a ISIS. ¿Qué es lo más conmocionante para usted de ese tipo de violencia?

    –Nosotros vivimos durante muchos años oponiéndonos al discurso pro-terrorista en el País Vasco. Era sobre eso que Sara me instaba a escribir: cómo frente a la resignación de la gente tratamos de hacer algo. Esto es distinto. La idea del terrorista suicida verdaderamente impresiona. La verdadera “arma de destrucción masiva” es alguien que no teme morir y vuelve la lucha desigual. Escapa a nuestra comprensión, porque todas nuestras tareas intentan evitar o detener el peligro de la muerte. Trabajamos para no morirnos de hambre, buscamos tener una cierta fortuna porque creemos que eso nos protegerá de algunos males, queremos que nuestros hijos perpetúen nuestra vida... Cuando alguien se considera a sí mismo como si fuera un arma, nos sume en el absurdo. Pero hay que luchar. Es una agresión armada y las agresiones armadas pues se combaten defendiéndose con armas mejores y mejor utilizadas. No creo que haya otra forma.

    -Umberto Eco decía que los diarios sobrevivirán como semanarios, yendo a contrapelo de la velocidad de Internet. ¿Cómo lo ve usted que también es un hombre de prensa?

    –Desde pequeño soy un gran lector de periódicos. Sara decía que yo perdía la mitad de mi tiempo leyendo prensa, porque primero la leo en la cama con el ipad y luego salgo, compro los periódicos y los vuelvo a leer, para confirmar que dicen lo mismo. Para Hegel el periódico era la relación matutina del hombre moderno: llegaban el café, la tostada y el periódico, todo formaba parte de lo mismo. Hoy las noticias como tales son online. La primera cosa que hay que aprender es que el periódico no está ligado a la llegada de noticias: tiene que estar ligado a la profundización. Siguen luchando como si tuvieran que darlas para adelantarse a los demás, cuando lo que deberían es ofrecer el sosiego de una interpretación a personas que ya están informadas. Entenderlo cuesta.