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martes, 22 de noviembre de 2011

La primera cirujana

MADRID, 22 noviembre 2011 (El Mundo).- Largo, intrincado y plagado de obstáculos. Así ha sido el camino que, a lo largo de la historia, las mujeres han tenido que recorrer para hacerse un hueco en el mundo de la medicina. Cuando nadie confiaba en sus capacidades, unas pocas pioneras lucharon a brazo partido por practicar -y aprender- un oficio reservado a los hombres y vetado a quienes "por razones morales" no tenían derecho a empuñar un bisturí.

Detalle de la inscripción de Ferretti en el Colegio Médico Florentino. | U. de Florencia


La historia de Maria Petrocini Ferretti, recogida esta semana en la revista Archives of Surgery, es un ejemplo de esta lucha y dedicación.

Ferretti (1759-1791) había aprendido la profesión de cirujana trabajando junto a su marido, Francesco, que ejercía en la pequeña localidad toscana de Anghiari (Italia). Animada por sus destrezas, decidió pedir un permiso oficial para practicar la medicina al Colegio Médico Florentino, una institución que desde el siglo XVI hasta el reciente XIX fue el encargado de otorgar la licencia necesaria para ejercer en toda la región de la Toscana.

En 1788, y pese a haber presentado recomendaciones firmadas por los cirujanos más importantes de la región, el consejo le negó la oportunidad de presentarse al examen requerido para obtener el certificado. En concreto, denegaron su solicitud alegando que aun en el caso de que dispusiese de los conocimientos científicos necesarios, "una mujer no puede tener ni mano firme ni audacia", dos cualidades básicas para un cirujano, por lo que presentarse a una evaluación no sería más que una pérdida de tiempo.

Pese a todo, esta negativa no consiguió disuadir a Ferretti de su empeño. Es más, con el 'no' ya en la mano, decidió remitir una súplica al Gran Duque Pietro Leopoldi de Habsburgo-Lorena de Toscana para que intercediera en su favor. En la carta, la aspirante detallaba los conocimientos aprehendidos junto a su marido y las lecciones de anatomía, obstetricia y cirugía que había adquirido en el Hospital Santa Maria Nueva de Florencia, la sede de la Escuela Florentina de Cirugía.

Contra todo pronóstico, un decreto del Gran Ducado publicado el 16 de agosto de 1788 revocó la decisión del Colegio Médico Florentino y otorgó a la italiana la oportunidad de someterse al examen de evaluación. Sin perder tiempo, Ferretti lo aprobó ese mismo mes de septiembre y pasó a formar parte de la nómina de cirujanos oficialmente autorizados para ejercer la profesión.

Entre otras cosas, debía aceptar las disposiciones establecidas por el colegio que, en la época, decidió prohibir la práctica más o menos habitual hasta entonces de castrar a ciertos niños para preservar sus aflautadas voces.

Un año después, Ferretti abandonó Florencia y publicó un libro en el que, entre otros métodos, ofrecía nuevas pautas para la crianza de los niños, como la recomendación de no envolver excesivamente a los recién nacidos. Lamentablemente, su obra no fue mucho más extensa, ya que, con apenas 32 años, la ya cirujana falleció, tal y como quedó recogido en los archivos de la Biblioteca Biomédica de la Universidad de Florencia, que han visto recientemente la luz.

Eso sí, Ferretti vivió lo suficiente para abrir un poco más el camino de las mujeres médicas. Su propia hija, Zaffira, terminaría licenciándose en Medicina por la Universidad de Bolonia en 1808 y obteniendo el permiso para practicar la cirugía en 1810.